Ésta es la historia de alguien que sabía lo que no decía.
Sabía muchas cosas de sí mismo, del Mundo, incluso sabía más de sus allegados de lo que ellos mismos se imaginaban. Algunas cosas las había descubierto en rugosas páginas, otras se las habían contado, y las que menos, las descubrió él mismo.
Sin embargo, la mayor parte de las veces callaba. Qué silencio más duro aquel... No el silencio de la casa a oscuras, ni el silencio del camino desierto: sino el silencio de la misma alma que detiene el latir del corazón para que no se perciba su presencia.
Muchos dirán que conocen esa sensación pero muy pocos la habrán notado de verdad. Porque los que la notan, como le pasa al protagonista, callan.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
martes, 15 de diciembre de 2009
Ésta es la historia de un dramaturgo que paseaba por la calle,
(¿qué calle?) ¡Acaso importa cuál sea la calle!
Al fin y al cabo, los lugares acaban repitiéndose hasta fundirse y confundirse unos con otros.
Paseaba por la calle y sus bolsillos vacíos rebosaban de nostalgias.
Pobre dramaturgo, que piensa que está solo, que es torpe, que no tiene valía alguna.
Pobre.
Y no ve que en sus pisadas hay un reguero de dones que se le escapan.
Pobre.
Que nunca miró hacia abajo y lo vio.
(¿qué calle?) ¡Acaso importa cuál sea la calle!
Al fin y al cabo, los lugares acaban repitiéndose hasta fundirse y confundirse unos con otros.
Paseaba por la calle y sus bolsillos vacíos rebosaban de nostalgias.
Pobre dramaturgo, que piensa que está solo, que es torpe, que no tiene valía alguna.
Pobre.
Y no ve que en sus pisadas hay un reguero de dones que se le escapan.
Pobre.
Que nunca miró hacia abajo y lo vio.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Ésta es la historia de la preocupación de un romano.
El romano se encontraba sentado en la tierra, a los pies de un templo que alojaba el poder de Minerva. Hacía horas que Helios había desaparecido en su carro, y allí, en la oscuridad de la ciudad, su escuálido cuerpo tiritaba bajo la inmaculada toga que lo cubría.
Miraba el cielo y veía las chispeantes estrellas sobre su cabeza, sobre el templo, sobre la ciudad de Roma. Frunció el ceño y un surco apareció en su frente. Su piel, tersa y rosada debido a su juventud, se había convertido en los últimos meses en una débil telaraña pálida.
Las risas en la casa de un patricio que traspasaban los muros de piedra fusionados con los llantos de un bebé y las conversaciones varoniles, era el rumor que el romano escuchaba. ¡Qué solo y desdichado se sentía!
Allí, sentado en la oscuridad de la noche, pensaba en todos los problemas y preocupaciones que tenía. La casa heredada de su padre, que le era imposible de mantener, la reciente muerte de un hijo recién nacido, las continuas guerras que le obligaban a mantenerse alejado de su casa y de todo lo que amaba, la traición de un amigo y su débil corazón que le suplicaba a cada latido un poco de calma.
El romano escondió la cara entre sus manos. Ya no sabía qué hacer, se sentía desesperado y tremendamente solo. Solo, en esa soledad que hasta parecía que los dioses hubieran dejado de observar el mundo y estuvieran demasiado entretenidos en disfrutar del néctar y la ambrosía, mientras el desdichado y efímero mortal suplicaba ayuda.
Le daba vértigo su vida, sentía miedo por saber que Helios volvería tirando al astro rey, y con esa luz, aparecerían de nuevo sus problemas y la rutina que tanto le ahogaba. Moría en vida y quizás viviría en muerte, en ese espacio dedicado a las almas que no supieron aprovechar cada momento porque nacieron con el fatídico don de ser conscientes de la complejidad de la vida.
El corazón del romano dejó de latir hace tiempo. Igual que las risas de la casa del patricio y el llanto del bebé. El viento barrió las huellas y el tiempo las recias columnas del templo de la diosa. Lo único que se mantiene perenne son las chispeantes estrellas sobre las cabezas. Ellas guardan los secretos y preocupaciones de los pobres mortales, que en la estupidez que les honra por ser humanos, están convencidos que cada problema que les atormenta es digno de sufrimiento.
Y tal como dicen que la alegría es fuente de vida y salud, los astros celestes viven durante millones de años a costa de divertirse al observar lo mucho que nos preocupa a los humanos los banales impedimentos que nos depara la vida.
El romano se encontraba sentado en la tierra, a los pies de un templo que alojaba el poder de Minerva. Hacía horas que Helios había desaparecido en su carro, y allí, en la oscuridad de la ciudad, su escuálido cuerpo tiritaba bajo la inmaculada toga que lo cubría.
Miraba el cielo y veía las chispeantes estrellas sobre su cabeza, sobre el templo, sobre la ciudad de Roma. Frunció el ceño y un surco apareció en su frente. Su piel, tersa y rosada debido a su juventud, se había convertido en los últimos meses en una débil telaraña pálida.
Las risas en la casa de un patricio que traspasaban los muros de piedra fusionados con los llantos de un bebé y las conversaciones varoniles, era el rumor que el romano escuchaba. ¡Qué solo y desdichado se sentía!
Allí, sentado en la oscuridad de la noche, pensaba en todos los problemas y preocupaciones que tenía. La casa heredada de su padre, que le era imposible de mantener, la reciente muerte de un hijo recién nacido, las continuas guerras que le obligaban a mantenerse alejado de su casa y de todo lo que amaba, la traición de un amigo y su débil corazón que le suplicaba a cada latido un poco de calma.
El romano escondió la cara entre sus manos. Ya no sabía qué hacer, se sentía desesperado y tremendamente solo. Solo, en esa soledad que hasta parecía que los dioses hubieran dejado de observar el mundo y estuvieran demasiado entretenidos en disfrutar del néctar y la ambrosía, mientras el desdichado y efímero mortal suplicaba ayuda.
Le daba vértigo su vida, sentía miedo por saber que Helios volvería tirando al astro rey, y con esa luz, aparecerían de nuevo sus problemas y la rutina que tanto le ahogaba. Moría en vida y quizás viviría en muerte, en ese espacio dedicado a las almas que no supieron aprovechar cada momento porque nacieron con el fatídico don de ser conscientes de la complejidad de la vida.
El corazón del romano dejó de latir hace tiempo. Igual que las risas de la casa del patricio y el llanto del bebé. El viento barrió las huellas y el tiempo las recias columnas del templo de la diosa. Lo único que se mantiene perenne son las chispeantes estrellas sobre las cabezas. Ellas guardan los secretos y preocupaciones de los pobres mortales, que en la estupidez que les honra por ser humanos, están convencidos que cada problema que les atormenta es digno de sufrimiento.
Y tal como dicen que la alegría es fuente de vida y salud, los astros celestes viven durante millones de años a costa de divertirse al observar lo mucho que nos preocupa a los humanos los banales impedimentos que nos depara la vida.
jueves, 29 de octubre de 2009
Ésta es la historia de la noche.
Y es que en la noche, todo cambia. Las ramas de los árboles parecen brazos que nos atacan, el viento nos envuelve y nos grita que marchemos a casa, la soledad de una casa se hace más pesada, más nostálgica.
La noche es el momento de la incertidumbre, de la tristeza, de las gotas de lluvia que aún quedan en el canalón y que nos vienen a decir que, aunque la tormenta ha cesado, el agua sigue resbalando por el tejado y cae en la ventana, recordando que los restos de la lluvia siguen ahí. Igual que los recuerdos.
Durante la noche se agolpan botellas semivacías, televisores encendidos, pastilleros abiertos. Cualquier cosa para olvidarse de que ha llegado el momento de la verdad.
Por eso se duerme, para hacer más llevadero esas horas privadas de luz en las que la oscuridad te devuelve el reflejo que no se quiere ver.
Y llega el día. Siempre llega el día como un mecenas orgulloso que desbanca al harapiento vasallo. Y con los amaneceres, aparecen los rugidos de motores nuevos, los trajes planchados, el olor a café y pan caliente. Los recién lavados ojos hinchados. Con el día todo el mundo vuelve a introducirse en ese escenario para corretear de un lado a otro –vivir, dicen - con el deseo de llegar a casa antes de que el sol se ciegue y la noche no les pille en medio de la marabunta. No podrían aceptar en público que, en la noche, todo cambia.
Y es que en la noche, todo cambia. Las ramas de los árboles parecen brazos que nos atacan, el viento nos envuelve y nos grita que marchemos a casa, la soledad de una casa se hace más pesada, más nostálgica.
La noche es el momento de la incertidumbre, de la tristeza, de las gotas de lluvia que aún quedan en el canalón y que nos vienen a decir que, aunque la tormenta ha cesado, el agua sigue resbalando por el tejado y cae en la ventana, recordando que los restos de la lluvia siguen ahí. Igual que los recuerdos.
Durante la noche se agolpan botellas semivacías, televisores encendidos, pastilleros abiertos. Cualquier cosa para olvidarse de que ha llegado el momento de la verdad.
Por eso se duerme, para hacer más llevadero esas horas privadas de luz en las que la oscuridad te devuelve el reflejo que no se quiere ver.
Y llega el día. Siempre llega el día como un mecenas orgulloso que desbanca al harapiento vasallo. Y con los amaneceres, aparecen los rugidos de motores nuevos, los trajes planchados, el olor a café y pan caliente. Los recién lavados ojos hinchados. Con el día todo el mundo vuelve a introducirse en ese escenario para corretear de un lado a otro –vivir, dicen - con el deseo de llegar a casa antes de que el sol se ciegue y la noche no les pille en medio de la marabunta. No podrían aceptar en público que, en la noche, todo cambia.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Era una tarde de invierno. De esas tardes largas que se pasa en la casa de campo junto el calor de la lumbre. Fuera, había comenzado a llover hacía rato y el viento soplaba con fuerza, lo que hacía que el abuelo y los nietos se arremolinaran en torno a la chimenea.
Como cada tarde, los niños pidieron un cuento. Y el abuelo narró:
-Ésta es la historia de un vaso de leche.
-¡Venga ya! –gritaron los nietos –Ésa sí que es mentira.
-No, es cierto. Esto fue lo que le sucedió a un vaso de leche, que…
-¡No! ¡No puede ser! Nos estás engañando.
-Os lo digo de verdad, y me pasó cuando tenía siete años, una mañana…
-Pero ¿seguro que no nos mientes?
-Claro que no, me pasó a mí mismo y por eso lo sé.
-No nos lo creemos. Entréganos una prueba de que es verdad.
-Dejad que la cuente, y os daréis cuenta de que es una historia verídica.
-Pero… ¿a un vaso de leche? ¡nada le puede suceder a un vaso de leche!.
-Por supuesto que sí. A todas las cosas le suceden cosas. Mirad…
-Abuelo, pero… ¿de verdad que es real?
El fuego se fue consumiendo. El abuelo tuvo que echar dos leños más para calentarse y mientras, los nietos y el anciano discutían si la historia que iba a contar era real o inventada.
Por fin, cuando la noche cayó sobre la casa de campo y los niños ya no se arremolinaban junto al fuego, sino contra ellos mismos para darse calor, puesto que el fuego eran sólo unas brasas, los niños accedieron al cuento.
-De acuerdo, cuéntanos la historia. Te escuchamos.
Y respondió apenado el abuelo.
-Ya no la recuerdo.
Como cada tarde, los niños pidieron un cuento. Y el abuelo narró:
-Ésta es la historia de un vaso de leche.
-¡Venga ya! –gritaron los nietos –Ésa sí que es mentira.
-No, es cierto. Esto fue lo que le sucedió a un vaso de leche, que…
-¡No! ¡No puede ser! Nos estás engañando.
-Os lo digo de verdad, y me pasó cuando tenía siete años, una mañana…
-Pero ¿seguro que no nos mientes?
-Claro que no, me pasó a mí mismo y por eso lo sé.
-No nos lo creemos. Entréganos una prueba de que es verdad.
-Dejad que la cuente, y os daréis cuenta de que es una historia verídica.
-Pero… ¿a un vaso de leche? ¡nada le puede suceder a un vaso de leche!.
-Por supuesto que sí. A todas las cosas le suceden cosas. Mirad…
-Abuelo, pero… ¿de verdad que es real?
El fuego se fue consumiendo. El abuelo tuvo que echar dos leños más para calentarse y mientras, los nietos y el anciano discutían si la historia que iba a contar era real o inventada.
Por fin, cuando la noche cayó sobre la casa de campo y los niños ya no se arremolinaban junto al fuego, sino contra ellos mismos para darse calor, puesto que el fuego eran sólo unas brasas, los niños accedieron al cuento.
-De acuerdo, cuéntanos la historia. Te escuchamos.
Y respondió apenado el abuelo.
-Ya no la recuerdo.
viernes, 18 de septiembre de 2009
Ésta es la historia de un chico que no era feliz. Estaba cansado de la vida que llevaba, se atormentaba pensando en su día a día y sólo deseaba encontrar un lugar donde encontrar la paz consigo mismo. Como no conocía el sitio donde encontrar la felicidad, decidió que se guiaría por el sol. Así que una tarde, antes de que anocheciera, caminó con su bolsa al hombro en dirección al oeste.
Mientras iba alejándose, pensó en su casa, en sus familiares y amigos. No le importaba no haberse despedido de ninguno. Estaba convencido de que el fracaso de su vida se debía a ellos.
Después se marchó y recorrió caminos que nunca había transitado hasta llegar a las tierras vecinas.
-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Ya me he alejado de casa lo suficiente para emprender otra vida.
Pero a las semanas, descubrió que ése no era su sitio.
Recorrió desiertos y escaló montañas. Descubrió paisajes tan impresìonantes que sólo podían existir en los cuentos de niño.
-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Estoy tan lejos de casa, que nadie me reconocerá, nadie sabrá de dónde vengo. Y será el lugar ideal para empezar de nuevo.
Pasaron las semanas. Y al cabo de ocho meses, descubrió que allí tampoco era feliz.
Caminó bajo la lluvia y bajo el sol. Tirió de frío y empapó con sudor su camisa. Siguió adelante, por la dirección que se escondía el sol. Llegó a tierras donde no conocía la lengua.
-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Empezaré a hablar un idioma nuevo, podré transmitirme con las personas mediante una lengua que no es la mía. Y nadie sabrá de mi vida anterior. Éste es mi sitio.
Pasaron los años. Uno. Dos. Tres. Tantos años que él mismo perdió la cuenta. Aprendió a expresarse con fluidez en otro idioma. Creó una familia y amigos como nunca antes los había tenido.
Pero, con miedo, se sinceró consigo mismo y descubrió que aquél lugar no le hacía feliz feliz.
De nuevo los fantasmas de su anterior vida le perseguían. Y optó por alejarse más.
Siguió senderos y sendas casi escondidas. Cruzó bosques y pantanos, y en todo su recorrido, no dejó de guiarse por los atardeceres que le marcaban el camino.
Un día, exhausto, miró a su alrededor con más atención de la que nunca antes había mirado. Se encogió en el suelo, se tapó la cara con las manos y empezó a llorar.
-¿Pero dónde está mi felicidad? -gemía.
Y es que en su largo camino, había llegado de nuevo a casa. A lo que él pensaba que era la causa de su desgracia.
El hombre, cegado por el ansia de hacer desaparecer sus problemas, había olvidado que, tal como la Tierra era redonda, cuanto más pensaba que se alejaba de su vida, más se acercaba por el otro lado.
Mientras iba alejándose, pensó en su casa, en sus familiares y amigos. No le importaba no haberse despedido de ninguno. Estaba convencido de que el fracaso de su vida se debía a ellos.
Después se marchó y recorrió caminos que nunca había transitado hasta llegar a las tierras vecinas.
-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Ya me he alejado de casa lo suficiente para emprender otra vida.
Pero a las semanas, descubrió que ése no era su sitio.
Recorrió desiertos y escaló montañas. Descubrió paisajes tan impresìonantes que sólo podían existir en los cuentos de niño.
-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Estoy tan lejos de casa, que nadie me reconocerá, nadie sabrá de dónde vengo. Y será el lugar ideal para empezar de nuevo.
Pasaron las semanas. Y al cabo de ocho meses, descubrió que allí tampoco era feliz.
Caminó bajo la lluvia y bajo el sol. Tirió de frío y empapó con sudor su camisa. Siguió adelante, por la dirección que se escondía el sol. Llegó a tierras donde no conocía la lengua.
-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Empezaré a hablar un idioma nuevo, podré transmitirme con las personas mediante una lengua que no es la mía. Y nadie sabrá de mi vida anterior. Éste es mi sitio.
Pasaron los años. Uno. Dos. Tres. Tantos años que él mismo perdió la cuenta. Aprendió a expresarse con fluidez en otro idioma. Creó una familia y amigos como nunca antes los había tenido.
Pero, con miedo, se sinceró consigo mismo y descubrió que aquél lugar no le hacía feliz feliz.
De nuevo los fantasmas de su anterior vida le perseguían. Y optó por alejarse más.
Siguió senderos y sendas casi escondidas. Cruzó bosques y pantanos, y en todo su recorrido, no dejó de guiarse por los atardeceres que le marcaban el camino.
Un día, exhausto, miró a su alrededor con más atención de la que nunca antes había mirado. Se encogió en el suelo, se tapó la cara con las manos y empezó a llorar.
-¿Pero dónde está mi felicidad? -gemía.
Y es que en su largo camino, había llegado de nuevo a casa. A lo que él pensaba que era la causa de su desgracia.
El hombre, cegado por el ansia de hacer desaparecer sus problemas, había olvidado que, tal como la Tierra era redonda, cuanto más pensaba que se alejaba de su vida, más se acercaba por el otro lado.
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