Ésta es la historia de la noche.
Y es que en la noche, todo cambia. Las ramas de los árboles parecen brazos que nos atacan, el viento nos envuelve y nos grita que marchemos a casa, la soledad de una casa se hace más pesada, más nostálgica.
La noche es el momento de la incertidumbre, de la tristeza, de las gotas de lluvia que aún quedan en el canalón y que nos vienen a decir que, aunque la tormenta ha cesado, el agua sigue resbalando por el tejado y cae en la ventana, recordando que los restos de la lluvia siguen ahí. Igual que los recuerdos.
Durante la noche se agolpan botellas semivacías, televisores encendidos, pastilleros abiertos. Cualquier cosa para olvidarse de que ha llegado el momento de la verdad.
Por eso se duerme, para hacer más llevadero esas horas privadas de luz en las que la oscuridad te devuelve el reflejo que no se quiere ver.
Y llega el día. Siempre llega el día como un mecenas orgulloso que desbanca al harapiento vasallo. Y con los amaneceres, aparecen los rugidos de motores nuevos, los trajes planchados, el olor a café y pan caliente. Los recién lavados ojos hinchados. Con el día todo el mundo vuelve a introducirse en ese escenario para corretear de un lado a otro –vivir, dicen - con el deseo de llegar a casa antes de que el sol se ciegue y la noche no les pille en medio de la marabunta. No podrían aceptar en público que, en la noche, todo cambia.
jueves, 29 de octubre de 2009
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