sábado, 19 de septiembre de 2009

Era una tarde de invierno. De esas tardes largas que se pasa en la casa de campo junto el calor de la lumbre. Fuera, había comenzado a llover hacía rato y el viento soplaba con fuerza, lo que hacía que el abuelo y los nietos se arremolinaran en torno a la chimenea.

Como cada tarde, los niños pidieron un cuento. Y el abuelo narró:

-Ésta es la historia de un vaso de leche.
-¡Venga ya! –gritaron los nietos –Ésa sí que es mentira.
-No, es cierto. Esto fue lo que le sucedió a un vaso de leche, que…
-¡No! ¡No puede ser! Nos estás engañando.
-Os lo digo de verdad, y me pasó cuando tenía siete años, una mañana…
-Pero ¿seguro que no nos mientes?
-Claro que no, me pasó a mí mismo y por eso lo sé.
-No nos lo creemos. Entréganos una prueba de que es verdad.
-Dejad que la cuente, y os daréis cuenta de que es una historia verídica.
-Pero… ¿a un vaso de leche? ¡nada le puede suceder a un vaso de leche!.
-Por supuesto que sí. A todas las cosas le suceden cosas. Mirad…
-Abuelo, pero… ¿de verdad que es real?

El fuego se fue consumiendo. El abuelo tuvo que echar dos leños más para calentarse y mientras, los nietos y el anciano discutían si la historia que iba a contar era real o inventada.

Por fin, cuando la noche cayó sobre la casa de campo y los niños ya no se arremolinaban junto al fuego, sino contra ellos mismos para darse calor, puesto que el fuego eran sólo unas brasas, los niños accedieron al cuento.

-De acuerdo, cuéntanos la historia. Te escuchamos.
Y respondió apenado el abuelo.
-Ya no la recuerdo.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Ésta es la historia de un chico que no era feliz. Estaba cansado de la vida que llevaba, se atormentaba pensando en su día a día y sólo deseaba encontrar un lugar donde encontrar la paz consigo mismo. Como no conocía el sitio donde encontrar la felicidad, decidió que se guiaría por el sol. Así que una tarde, antes de que anocheciera, caminó con su bolsa al hombro en dirección al oeste.
Mientras iba alejándose, pensó en su casa, en sus familiares y amigos. No le importaba no haberse despedido de ninguno. Estaba convencido de que el fracaso de su vida se debía a ellos.

Después se marchó y recorrió caminos que nunca había transitado hasta llegar a las tierras vecinas.

-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Ya me he alejado de casa lo suficiente para emprender otra vida.

Pero a las semanas, descubrió que ése no era su sitio.

Recorrió desiertos y escaló montañas. Descubrió paisajes tan impresìonantes que sólo podían existir en los cuentos de niño.

-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Estoy tan lejos de casa, que nadie me reconocerá, nadie sabrá de dónde vengo. Y será el lugar ideal para empezar de nuevo.

Pasaron las semanas. Y al cabo de ocho meses, descubrió que allí tampoco era feliz.

Caminó bajo la lluvia y bajo el sol. Tirió de frío y empapó con sudor su camisa. Siguió adelante, por la dirección que se escondía el sol. Llegó a tierras donde no conocía la lengua.

-Aquí puedo ser feliz -se dijo -Empezaré a hablar un idioma nuevo, podré transmitirme con las personas mediante una lengua que no es la mía. Y nadie sabrá de mi vida anterior. Éste es mi sitio.

Pasaron los años. Uno. Dos. Tres. Tantos años que él mismo perdió la cuenta. Aprendió a expresarse con fluidez en otro idioma. Creó una familia y amigos como nunca antes los había tenido.

Pero, con miedo, se sinceró consigo mismo y descubrió que aquél lugar no le hacía feliz feliz.

De nuevo los fantasmas de su anterior vida le perseguían. Y optó por alejarse más.

Siguió senderos y sendas casi escondidas. Cruzó bosques y pantanos, y en todo su recorrido, no dejó de guiarse por los atardeceres que le marcaban el camino.

Un día, exhausto, miró a su alrededor con más atención de la que nunca antes había mirado. Se encogió en el suelo, se tapó la cara con las manos y empezó a llorar.

-¿Pero dónde está mi felicidad? -gemía.

Y es que en su largo camino, había llegado de nuevo a casa. A lo que él pensaba que era la causa de su desgracia.

El hombre, cegado por el ansia de hacer desaparecer sus problemas, había olvidado que, tal como la Tierra era redonda, cuanto más pensaba que se alejaba de su vida, más se acercaba por el otro lado.