Era una tarde de invierno. De esas tardes largas que se pasa en la casa de campo junto el calor de la lumbre. Fuera, había comenzado a llover hacía rato y el viento soplaba con fuerza, lo que hacía que el abuelo y los nietos se arremolinaran en torno a la chimenea.
Como cada tarde, los niños pidieron un cuento. Y el abuelo narró:
-Ésta es la historia de un vaso de leche.
-¡Venga ya! –gritaron los nietos –Ésa sí que es mentira.
-No, es cierto. Esto fue lo que le sucedió a un vaso de leche, que…
-¡No! ¡No puede ser! Nos estás engañando.
-Os lo digo de verdad, y me pasó cuando tenía siete años, una mañana…
-Pero ¿seguro que no nos mientes?
-Claro que no, me pasó a mí mismo y por eso lo sé.
-No nos lo creemos. Entréganos una prueba de que es verdad.
-Dejad que la cuente, y os daréis cuenta de que es una historia verídica.
-Pero… ¿a un vaso de leche? ¡nada le puede suceder a un vaso de leche!.
-Por supuesto que sí. A todas las cosas le suceden cosas. Mirad…
-Abuelo, pero… ¿de verdad que es real?
El fuego se fue consumiendo. El abuelo tuvo que echar dos leños más para calentarse y mientras, los nietos y el anciano discutían si la historia que iba a contar era real o inventada.
Por fin, cuando la noche cayó sobre la casa de campo y los niños ya no se arremolinaban junto al fuego, sino contra ellos mismos para darse calor, puesto que el fuego eran sólo unas brasas, los niños accedieron al cuento.
-De acuerdo, cuéntanos la historia. Te escuchamos.
Y respondió apenado el abuelo.
-Ya no la recuerdo.
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