miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ésta es la historia de la preocupación de un romano.
El romano se encontraba sentado en la tierra, a los pies de un templo que alojaba el poder de Minerva. Hacía horas que Helios había desaparecido en su carro, y allí, en la oscuridad de la ciudad, su escuálido cuerpo tiritaba bajo la inmaculada toga que lo cubría.
Miraba el cielo y veía las chispeantes estrellas sobre su cabeza, sobre el templo, sobre la ciudad de Roma. Frunció el ceño y un surco apareció en su frente. Su piel, tersa y rosada debido a su juventud, se había convertido en los últimos meses en una débil telaraña pálida.
Las risas en la casa de un patricio que traspasaban los muros de piedra fusionados con los llantos de un bebé y las conversaciones varoniles, era el rumor que el romano escuchaba. ¡Qué solo y desdichado se sentía!
Allí, sentado en la oscuridad de la noche, pensaba en todos los problemas y preocupaciones que tenía. La casa heredada de su padre, que le era imposible de mantener, la reciente muerte de un hijo recién nacido, las continuas guerras que le obligaban a mantenerse alejado de su casa y de todo lo que amaba, la traición de un amigo y su débil corazón que le suplicaba a cada latido un poco de calma.
El romano escondió la cara entre sus manos. Ya no sabía qué hacer, se sentía desesperado y tremendamente solo. Solo, en esa soledad que hasta parecía que los dioses hubieran dejado de observar el mundo y estuvieran demasiado entretenidos en disfrutar del néctar y la ambrosía, mientras el desdichado y efímero mortal suplicaba ayuda.
Le daba vértigo su vida, sentía miedo por saber que Helios volvería tirando al astro rey, y con esa luz, aparecerían de nuevo sus problemas y la rutina que tanto le ahogaba. Moría en vida y quizás viviría en muerte, en ese espacio dedicado a las almas que no supieron aprovechar cada momento porque nacieron con el fatídico don de ser conscientes de la complejidad de la vida.

El corazón del romano dejó de latir hace tiempo. Igual que las risas de la casa del patricio y el llanto del bebé. El viento barrió las huellas y el tiempo las recias columnas del templo de la diosa. Lo único que se mantiene perenne son las chispeantes estrellas sobre las cabezas. Ellas guardan los secretos y preocupaciones de los pobres mortales, que en la estupidez que les honra por ser humanos, están convencidos que cada problema que les atormenta es digno de sufrimiento.

Y tal como dicen que la alegría es fuente de vida y salud, los astros celestes viven durante millones de años a costa de divertirse al observar lo mucho que nos preocupa a los humanos los banales impedimentos que nos depara la vida.

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